La costumbre de desaparecer.

Al recibir la invitación de Lucien, un hombre que parece haber llegado a esa edad en la que uno ya debería conocer sus intenciones, aunque no necesariamente tener el valor de confesarlas, la menor de mis hermanas decide, sin saber muy bien por qué, concederle una importancia inusitada: se prepara para la cita con la gravedad de quien se dispone a presentar un examen de ingreso a la universidad o a defender su candidatura para un puesto de trabajo.


Acorde con semejante empresa, los preparativos comienzan varios días antes. Hay ayuno y déficit calórico: porque el amor, además de incierto, parece exigir también cierta aptitud física, como si el cuerpo tuviera que adelgazar hasta caber en el deseo del otro. Se tiñe la opulenta cabellera y comienza la búsqueda de un vestido que haga justicia a su nueva anatomía. El rostro tampoco queda al margen de la operación: se corrige, se afina, se borra hasta que nada en él contradiga las expectativas del otro.

Quien crea que la vanidad está reñida con la pasión, quizá no haya mirado con suficiente atención. 


Todo parece dispuesto para ese antiguo ritual en el que una mujer, antes de encontrarse con un hombre, se pregunta cuánto de sí misma habrá de modificar para merecer siquiera su mirada.


«Será mejor que, además de bonita, tengas algo que decir —piensa mientras deja secar el esmalte.


Pero toda empresa de semejante magnitud reclama sacrificios. Esta semana, por ejemplo, ha dejado el piano para entregarse a la bisutería: pendientes, collares y demás ornamentos que, de llevarlos puestos, entorpecerían hasta la ejecución de un arpegio en la menor.


Y, aun así, pienso que es una mujer afortunada: ha conseguido una cita, y eso basta para poner en suspenso hasta aquello que ama. Al parecer, en ciertos asuntos, ser elegida exige primero aprender a desaparecer.


—Será mejor no hablar ni de arte ni de literatura. El último chico dijo que eso le resultaba aburrido. Habrá que dejar esas cosas para después.


Pensó.










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