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Fragmentos de una joven libertina.

Me abalancé sobre el diván, abatida, anhelando restituir la presencia del joven que había prescindido de llamarme tras aquellos breves paseos en mutua intimidad. Me aferré a aquel sachet de azúcar que marcó el instante en que lo conocí, cuyo dorso llevaba inscrito su número telefónico y que yo había atesorado entre mis objetos más preciados, del mismo modo en que resguardaba en la memoria la fragancia tibia de mi madre. —¡Que este año te encuentre dichosa! —me murmuró aquel invierno luego de prenderme entre sus brazos de manera inopinada, cuando hasta entonces él no había sido más que un extraño sin nombre para mí. Me obsequió un libro de Dostoievski por cuanto había advertido que, en ocasiones, llevaba bajo el brazo voces impresas de la literatura rusa. Todo aquel que coloca una pieza literaria a corta distancia no puede sino albergar pretensiones altruistas, escribí en mi diario aquella medianoche. En otro pasaje relaté al hombre que había reconocido aquel misterio que trascendía lo ...

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