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El confeccionista.

“¿A un día de verano compararte?”  —William Shakespeare. A menudo se me inculpa de no haber sido provista de aquella —impropiamente designada— “energía femenina” , como si esta guardara alguna correspondencia o nexo con el cromosoma; lo cual, a decir verdad, no es sino un vil prejuicio —dicho con reflexión— que constriñe el potencial y la posibilidad de la mujer. Un rezago que, con el devenir del tiempo, se revela marchito en su propia naturaleza, en la misma proporción que aquella necedad que osa sostener que las rosas también mueren en primavera; pues toda falacia, como suele conocerse, acaba por rendirse ante la verdad. De modo que la flora, de forma inesperada, torna a retoñar, por siempre jamás. En el marco de la tarde, tras vislumbrar en el recibidor del aeropuerto a una joven afuerina, me había cuestionado a mí misma cómo habría sido yo: cómo me habría conducido, qué términos, qué palabras y qué frases habría delimitado como mis favoritas, si hubiese sido nativa de algún áre...

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