La belleza inasible.
Debiendo hallar un escondite donde sepultar aquel delito inconfesable, en mi última estafa de cordura y como coartada final, lo he arrojado lejos de toda visibilidad humana: allí donde el hombre de hoy no pueda fijar coordenadas en el mapa; en aquella belleza inasible —ya aborrecida— que se disfraza bajo el nombre de La Poesía . Tal es mi vergüenza: por amor, haberme condenado al ridículo oficio de poeta. Pues verá usted que, a juzgar por mi experiencia, no existe nada más obsceno que fingirse traficante de metáforas, urdiendo belleza allí donde sólo hay abismo. Y, sin embargo, nadie ha sabido explicarse cómo la retórica me asalta con la desfachatez de un ladrón. Hoy confieso que todo ocurrió por accidente: como quien cae en un ataúd abierto y queda condenado a vivir allí dentro, bajo la farsa sublime de la palabra . La infamia comenzó con las primeras cartas que envié a mamá. Era yo todavía adolescente, embaucadora de vocación precoz, cuando decidí procurarle un amante espectral...