Amor, presagio y desdicha.

I. En la Rusia romántica, bajo el techo de un artífice estatuario, atisbo —sofocado y porfiado— inquilinato adeudado; faz menor a treinta y tres. Exiguamente, conservo la reminiscencia —o recuerdo vago— del nombre del maestro Bykovsky. La parafernalia de bultos en barro, madera, piedra o metal testimoniaba el perfeccionamiento del imaginero y su carácter.

II. La última obra del ferviente: una doncella, consorte magistral en piedra, de labios casi ufanos a alborozados, nariz vetusta; parecía perteneciente al coro octavo —que está por encima del noveno, que es el de los ángeles—, un modo de mirar jubiloso y de existencia medio verdadera; cabellera del árbol de las fagáceas, aspecto de ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de pez. Postura intencionada en el carrillo. Su ocurrencia la nombraba la moza escarchada.

III. Contemplaba, el asiduo Bykovsky, a la dama de piedra, fantaseando el bálsamo de su cuello hasta derrochar la cordura. Juraba haberla divisado mirándole. Actuaba como testigo de las virtudes de una sirena: voz de belleza canora, arcano coperto calando una sola vocal, donde la anochecida euritmia era efigie de musicalidad al piano.

IV. Contemplaba, el asiduo Bykovsky, a la dama de piedra, fantaseando el bálsamo de su cuello hasta derrochar la cordura. Juraba haberla divisado mirándole. Actuaba como testigo de las virtudes de una sirena: voz de belleza canora, arcano coperto calando una sola vocal, donde la anochecida euritmia era efigie de musicalidad al piano.

V. La codiciosa menguante le otorga el capricho desesperado de revelar a la Beldad desde la fase lunar. Cuando la moza escarchada da oleaje a su capa de veste retinto, se dejan contemplar murciélagos en la luna.

Giovanna/Melissa R. 
Verano, 2008


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