Fragmentos de una joven libertina.

Me abalancé sobre el diván, abatida, anhelando restituir la presencia del joven que había prescindido de llamarme tras aquellos breves paseos en mutua intimidad. Me aferré a aquel sachet de azúcar que marcó el instante en que lo conocí, cuyo dorso llevaba inscrito su número telefónico y que yo había atesorado entre mis objetos más preciados, del mismo modo en que resguardaba en la memoria la fragancia tibia de mi madre.


—¡Que este año te encuentre dichosa! —me murmuró aquel invierno luego de prenderme entre sus brazos de manera inopinada, cuando hasta entonces él no había sido más que un extraño sin nombre para mí.


Me obsequió un libro de Dostoievski por cuanto había advertido que, en ocasiones, llevaba bajo el brazo voces impresas de la literatura rusa.

Todo aquel que coloca una pieza literaria a corta distancia no puede sino albergar pretensiones altruistas, escribí en mi diario aquella medianoche.

En otro pasaje relaté al hombre que había reconocido aquel misterio que trascendía lo somático y, por un motivo insólito, me hizo sentir vista por primera vez.


Creía que, si el alma existía, él había sido capaz de advertirla —a diferencia de aquellos príncipes efímeros, faltos de hondura, que apenas se detenían a exaltar la figura y el deseo —. ¿Acaso fue desde ese momento cuando comprendí que toda experiencia sensorial entraña una inevitable ausencia de recompensa?


En mi atisbo sencillo de espíritu, hallé en la decodificación de aquel texto una belleza y una fastuosidad que vinieron a colmar mis horas de soledad. Acaso por ello, y tras no poca insistencia, terminé por acceder a salir con él.


A lo largo de nuestra primera cita, me mostré descoordinada y tartamuda, mientras trataba de disimular el sonrojo de mi rostro tras la confitura helada. Percibí que él dirigía la conversación y que yo me sentía, más bien, acobardada. Recordaba a papá, rectificando a mamá con severidad cada vez que ella se aventuraba a comentar algún asunto trivial; de modo que, en aquella ocasión, opté por el silencio como el verbo más elocuente.


—¿Sabes cuál es la palabra con que el latín nombra al barro? —me preguntó, aludiendo a los figurines que ornamentaban el lugar.

Repliqué con la mirada cargada de desconcierto.

—Humus; de ella derivan dos vocablos de extraordinaria hermosura: humano y humildad.

Entonces, algo en aquel intercambio lo llevó a posarse sobre mis brazos desnudos, que —juré— jamás había contemplado tan albinos como cuando me descubrí bajo el tamiz de su mirada apenumbrada.


No era, en rigor, un hombre apuesto; su beldad respondía más bien a un canon de belleza anacrónico, casi afín a la filosofía de Platón.

Hoy, tras doce lunas, recuerdo la ausencia de deseo que me inspiraba, y, pese a esto, el dulcísimo sentimiento que experimentaba en ello.

Quizá, tras internarme en el estudio de las artes estéticas, había terminado por adquirir una mirada más democrática de la belleza.


Mientras avanzaba la soirée, no logré sobreponerme a la mudez involuntaria que me provocaba su oído interior para lo sublime, ni al hechizo de aquellas palabras que, emanadas de sus labios, evocaban —ante mis ojos, cual Roxane— la transfiguración de la nariz de Cyrano de Bergerac ...

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