La belleza inasible.
Y, sin embargo, nadie ha sabido explicarse cómo, sin formación alguna, la retórica me asalta con la desfachatez de un ladrón. Hoy confieso que todo ocurrió por accidente: como quien cae en un ataúd abierto y queda condenado a hacer vida allí dentro, bajo la farsa sublime de la palabra.
No teniendo, pues, otros méritos que declarar, presento los penales: usurpación de la belleza.
La infamia comenzó con las primeras cartas que envié a mamá. Era yo todavía una adolescente, una embaucadora de vocación precoz, cuando decidí procurarle un amante espectral por correspondencia. Lo doté de afabilidad y una admirable disposición para el romance. Era, en suma, papá, aunque desprovisto de la facultad de arruinarnos la sobremesa.
Pero antes de que el lector me arroje la primera piedra, confieso que aquel crimen sentimental fue mi primera industria delictiva: mi estreno en la comedia, pues mamá necesitaba esa ilusión y se quejaba día y noche de su carcelero doméstico. De esa impostura nació mi oficio: así comencé a escribir bajo una mirada democrática de la belleza y del amor.
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