La belleza inasible.

Debiendo hallar un escondite donde sepultar aquel delito inconfesable, en mi última estafa de cordura y como coartada final, lo he arrojado lejos de toda visibilidad humana: allí donde el hombre de hoy no pueda fijar coordenadas en el mapa; en aquel territorio fantasma, en aquella belleza inasible —ya aborrecida— que se disfraza bajo el nombre de La Poesía.

Tal es el delito impronunciable: por amor, haberme condenado al ridículo oficio de poeta.

Pues verá usted que, a juzgar por mi experiencia, no existe nada más obsceno que fingirse traficante de metáforas, urdiendo belleza allí donde sólo hay abismo.

Y, sin embargo, nadie ha sabido explicarse cómo, sin formación alguna, la retórica me asalta con la desfachatez de un ladrón. Hoy confieso que todo ocurrió por accidente: como quien cae en un ataúd abierto y queda condenado a hacer vida allí dentro, bajo la farsa sublime de la palabra.

No teniendo, pues, otros méritos que declarar, presento los penales: usurpación de la belleza.

La infamia comenzó con las primeras cartas que envié a mamá. Era yo todavía una adolescente, una embaucadora de vocación precoz, cuando decidí procurarle un amante espectral por correspondencia. Lo doté de afabilidad y una admirable disposición para el romance. Era, en suma, papá, aunque desprovisto de la facultad de arruinarnos la sobremesa.

Pero antes de que el lector me arroje la primera piedra, confieso que aquel crimen sentimental fue mi primera industria delictiva: mi estreno en la comedia, pues mamá necesitaba esa ilusión y se quejaba día y noche de su carcelero doméstico. De esa impostura nació mi oficio: así comencé a escribir bajo una mirada democrática de la belleza y del amor.

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