Sentencia.

En la sala de espera de algún aeropuerto escucho el coro circundante de viajeros: una polifonía ardorosa que mercadea promesas de felicidad, encuentros y minuteros desquiciados. Cada uno inmerso en una obligación, que podría ser la apertura de lo que ansían que no sea. En otras palabras —como dijo Arreola—: al subir a un tren, nadie desea ser conducido al sitio que desea.

De repente, en contrapunto, vociferan algún nombre: queda poco tiempo para consumar el vuelo, y acaso aquel destino sea mi parada hacia lo que no es.

—Allons-y! Il est temps d’embarquer!

Lo dice un hombre a su acompañante, pero su cuerpo se inclina hacia mí, y yo la entiendo como una orden funesta.

Están a punto de consumar el vuelo y, sin embargo, mis pies permanecen estáticos contra el suelo: encadenados, aguardando el destino que les corresponde.

¡Tan poco sé del amor! De cuánta ruina fecunda me he privado. Pienso.

Vuelven a pregonar el nombre, esta vez por última vez.

Ese llamado me sentencia: cobarde, traiciono la imposición y me entrego al vuelo rutinario; pienso que, por algo semejante al orgullo y al miedo, no volveré a ver a Paulo.

Melissa Rochelle, 2026.



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